La ONU está pintada
Juan M. Negrete
El día de ayer, 10 de abril, debimos conmemorar el 107 aniversario del asesinato de uno de nuestros grandes héroes, Emiliano Zapata. Hubo recordatorios allá en el estado de Morelos, que fue la zona de sus correrías. Pero a nivel nacional pareciera que ya nos pasó inadvertido, a pesar de ser una de las efigies centrales de la identidad nacional. Tal vez nos pase esta desmemoria por la terrible crisis por la que atraviesa nuestro campo, cuya producción ya no nos hace autosuficientes en cuestión alimentaria. Y si no nos abastece con alimentos, mucho menos habrá de redituar superávit económico a quienes laboran en el campo.
Desde hace mucho tiempo nos informan de este desastre agrícola los enterados de nuestras finanzas. Y lo atribuyen a ser una secuela de haber suscrito con los vecinos un tratado dizque de libre comercio (TLC), prolongado luego en otro, T-MEC, que sigue vigente y que está por ser refrendado para algunos años más. Pues según los conocedores, en tales acuerdos se puso al campo mexicano de rodillas para asuntos de consistencia económica. Se abrió la puerta a los productos alimenticios, como el maiz y el frijol, que vienen del norte y a los nuestros los sujetaron al vaivén de la balanza especulativa financiera. Si los precios se fijan en las bolsas de Chicago, pues perdimos y ya. No hay más por alegar. O a otra cosa, mariposa.
No es de extrañar entonces que si mandamos a nuestros agricultores a los rincones de los desvanes, como a la muñeca fea, a nuestro querido prócer Emiliano también lo vayamos olvidando poco a poco. Y si eso le pasa a uno de los emblemas centrales de nuestra identidad nacional, ¿qué podríamos esperar de los demás que sigan en dicha lista? Por supuesto que nuestra memoria nacional necesita una sacudida en serio para despertar de su letargo actual. Y habrá que dárnosla.
Pero vengamos a lo que sacude al mundo en el tapete actual de la atención. Apenas cruzamos una pesadilla de amenaza de exterminio. La vociferó con todas sus fuerzas el güero despintado que ocupa la oficina oval de la Casa Blanca, o séase el presidente gringo. Había dado un plazo no perentorio a Irán para que abriera al tráfico internacional el ahora ya muy famoso estrecho de Ormuz y el reloj sonaba y sonaba sin parar, acercándose peligrosamente a la hora señalada.
Es de suponerse que todos los ojos del mundo seguíamos atentos a tal barbaridad. Porque la amenaza consistió primero en desatar todos los tormentos del infierno en contra de este pueblo milenario. Pero más adelante, como el bocón jiricuento no conoce de frenos, habló de exterminar de raiz a dicha civilización, la persa, la que ocupa en nuestras lecciones un lugar preponderante de la historia y merece todos nuestros respetos, salvo para desquiciados como el Trompas, a lo que se ve.
Los iranios se mantuvieron a pie firme en su macho. Bien. Pero ¿qué más les quedaba por hacer? ¿A dónde iban a huir, frente a tan descabelladas amenazas? ¿Iban acaso a rentar cohetes para trasladarse a Saturno o a Marte? Todo apuntaba a que, de hacerle caso al sentido de las amenazas del gringo, lo que seguía era la detonación de un artefacto nuclear que borrara del planeta a los actuales iranios.
Pero dos horas antes del plazo señalado nos enteramos que las partes beligerantes, mediando Pakistán en un acuerdo ríspido, suscribieron una tregua por dos semanas. Discutirán diez puntos fundamentales para la convivencia entre los invasores occidentales y los invadidos del medio oriente. Son más que conocidos ya, porque la propaganda nos repite una y otra vez el plan, esos diez puntos. Alcanzarán el convenio o no. En eso consiste la espera mundial. No adelantemos vísperas. Pero hay por ahí un punto demasiado endeble, al que habrá que estirarle sus pliegues para entenderlo mejor. Y se trata del juego que hace la famosa ONU en todo este tinglado. Veamos.
Dejemos a un lado, por lo pronto, la llamada de atención que le lanzó a nuestro gobierno por la lastimosa cuestión de nuestros desaparecidos, que es otro monumento a la barrabasada. Vengamos al papel del conflicto bélico al que todo mundo le sigue los pasos, pues puede llevarnos al holocausto mundial.
Digamos que lo acendrado de esta conflagración empezó el día 28 de febrero del año en curso. Ese día bombardearon gringos e israelíes, a una mano, instalaciones y ciudades iraníes, sin mediar declaración de guerra ni permisos internos para realizarlo. Era obvio que Irán respondería a esta inusitada agresión, aunque la esperara. El intercambio de fuego vino desarrollándose a lo largo de todo el mes de marzo, hasta llegar al punto de la declaración de una tregua, en la que estamos parados.
La medida más poderosa que tomó Irán, país agredido, para componer su defensa, fue bloquear el estrecho de Ormuz, por el que pasa el tráfico del 20% del petróleo mundial. Como esto de las guerras está encarnado en los movimientos financieros, al parecer le vino a doler en serio el tal bloqueo a las finanzas gringas e israelíes. Hay más pasos duros, pero veamos éste, donde la ONU puso el dedo, antes de la suscripción de la tregua, ahora famosa.
¿No va sacándose de la manga la asociación internacional u ONU una propuesta, para ser firmada por sus miembros, que son todos los paises del planeta, que obligara a Irán a dejar libre el tránsito por el estrecho de Ormuz? No había abierto la boca para nada, a pesar de la insistencia de muchos de sus miembros en condenar agresión tal flagrante. Y cuando lo hizo, apareció poniéndose de lado de los agresores. O sea que su imparcialidad es mero jarabe de pico. Por fortuna, tanto China como Rusia vetaron el acuerdo y no procedió. Pero las partidas están claras.





