Gringos de lengua bífida
Juan M. Negrete
Apenas va transcurrida la primera semana del año nuevo, 2026, y a nuestro universo político lo sacuden estertores y conmociones aparentemente inexplicables. No será fácil sacudirse y adaptarse a estos sacudimientos, pues poseen fondos de disturbios que nadie aplaude. No se pueden aceptar sus variables, así como así. Pero es nuestra realidad y tenemos que darle cara.
El secuestro que el ejército gringo realizó del presidente venezolano, Nicolás Maduro Moros, y de su esposa Cilia Flores, significa, entre muchos otros conceptos, la caída de la máscara del gobierno de Donald Trump. Ambos personajes fueron secuestrados pues y llevados a prisión y ahí permanecen, a pesar de que crece con los días una especie de exigencia mundial que reclama su liberación. Si hubiera sensibilidad política en el ánimo de sus raptores, tal vez ya se estuviera sopesando la posibilidad de dar marcha atrás y otorgarles la libertad a los detenidos. Pero no se ven elementos previsibles de que por ahí vayan a transitar en este sainete desproporcionado.
Por el contrario, el malandrín de Trump amenaza con ampliar las hostilidades en contra de Colombia, contra Cuba y hasta contra su primer socio comercial, que somos nosotros, los mexicanos. Es lo que se deriva de sus insufribles discursos justificatorios, imbricados de un cinismo a la más alta escuela. Nada bueno pues podemos esperar en el futuro próximo en nuestra relación con nuestros vecinos gabachos, sino la ampliación de su violencia descarnada y cruda.
Llevaron a tribunales a los secuestrados. Maduro no sólo no tartamudeó ante el fiscal, lo cual se propalaba como expectativa, sino que le espetó de frente, con dedicatoria a todos sus detractores, que era un prisionero de guerra. Invocó la exigencia de ser tratado con los lineamientos de los acuerdos de Ginebra, para tales efectos. Y les recalcó, por si acaso querían solapar su estatus, que sigue siendo el presidente constitucional de su país, Venezuela. Se le dio la fecha de la audiencia próxima para el mes entrante de marzo.
De las instancias de justicia gringas se vino de golpe el reconocimiento de la gran mentira usada para detenerlo. Se le tildó como líder del Cártel de los Soles. Era su cargo más pesado. Pero la justicia güera reconoció públicamente que tal cártel ni existe. La consecuencia obvia fue asentada por medio mundo: Maduro no es líder de un grupo criminal y/o terrorista, pues no existe tal corporación. Si el cargo de mayor peso en su contra se desploma, la consecuencia obvia tendría que ser ya su liberación inmediata. No movió aún sus fichas el acusado, pero salió de gane. Veremos más adelante lo que siga en este punto.
No se pueden esperar movimientos legales positivos en este enredo. Se aplica más bien la premisa con la que un jefe indígena, piel roja pues, tildó a la mentalidad del cara pálida. No podemos confiar, dijo, nada serio de estos invasores. Son personajes de lengua bífida. La comparación con las víboras, hecha por el gran jefe Toro Sentado, no tiene desperdicio. Les tildó de despreciables entes con doble moral, a los que no se les puede creer discurso alguno.
De ahí a sopesar en lo que vale realmente la palabra del gobierno gringo no falta más que un paso para su descalificación. A pregunta expresa de un periodista, que instaba al Trompas a manifestar si estaba dispuesto a atenerse a los dictados legales que rigen a los países y, sobre todo, a su gobierno, soltó una confesión pesada e incriminatoria: Los únicos límites que consulto me son dictados por mi moralidad. Aquí sí que aplica aquella definición de moral, que soltó aquel gobernante potosino, Gonzalo N. Santos, apodado el alazán tostado: la moral es un árbol que da moras. Y paremos de contar.
En medio de tanta alharaca, le ha brotado cierto colorido al mundillo de nuestra gente de derecha, que propala como solución, hasta la saciedad, la intervención de la fuerza extranjera en nuestros territorios. Al quedar secuestrado el titular del poder ejecutivo venezolano por la fuerza injerencista, se daba por hecho que la tal tropa gringa iba a sentar en la silla vacía a María Corina Machado, la dizque premio nóbel de la paz. Por ser ella la más escandalosa voz opositora al chavismo, tras el golpe espectacular en contra del gobierno instituido y en funciones, esperaba junto con su turba de seguidores, ser instalada en tal podio. Pero se le cebó y en serio.
No sólo no fue instalada en el sitial del poder atracado, sino que el propio autor central de la tropelía, el Trompas, la descalificó para tal puesto. No posee el respeto del pueblo de Venezuela. No tiene la fuerza propia para ocupar tal instancia de poder. Hay que entender entonces que la Machado no le sirve al invasor. Los invasores gringos no se quitaron la máscara para poner a una títere de tan bajo calado. Van por el petróleo venezolano, por obligar a estas finanzas a generar ganancias para los capos de lo que allá mientan como estado profundo (deep state). Es más, ni siquiera su congreso gringo le sirve para sus fines de bucaneros, no más disfrazados. Van por la lana caribeña. Y al que no le guste, el fuste.
Si a Corina Machado le voltearon sus ‘amigos’ gringos el chirrión por el palito, ¿qué podremos decir de la monserga que toleramos aquí en México, un día sí y el otro también, con su cencerro de pedir la intervención gringa, para dizque enderezar nuestro barco? Más les valiera a nuestros pocos renovados que cambien de disco, porque aparte de rayado hasta a ellos mismos les podría resultar contraproducente, como vemos que les está yendo a los escuálidos venezolanos. Aquí tuvimos ya en el pasado muchas lecciones de esta naturaleza. Pero parece que no aprenden la lección. Ojalá ya nos caiga el veinte, a todos.





