El pleito es por el dinero

Juan M. Negrete

Luego, como sonsonete de campaña, doña Claudia y todos los jilgueros que andaban de candidatos nos repitieron la consigna hasta el cansancio. Se le denominó plan C. Era pues uno de los logros por conseguir: obtener en las urnas el número de legisladores necesarios para contar con la mayoría calificada y, ya con tales cuentas, sacar adelante la iniciativa de la buscada reforma electoral.

Para la composición de las cámaras, derivada de los números en las urnas, se armaron buenas trifulcas por fijar las cuentas que correspondían a los partidos, reflejadas en curules. Hubo jaloneos y disputas abiertas. La oposición sostenía que los ganones, léase Morena y sus aliados, no habían obtenido en las urnas los dos tercios de los votos de los electores. Por lo tanto, no tenía que aceptarse como legal la cifra que les diera mayoría calificada. Al final, se impuso esta variable y desde el poder pudo echarse a andar la dinámica de acuerdos mayoritarios, pues se contaba con ella. Así habíamos quedado y en tales acuerdos se movían las aguas.

Con toda la parsimonia y la seguridad que dan semejantes resultados, convenidos en pasos de gobernanza, doña Claudia y su equipo enfrentaron a la oposición para sacar adelante las medidas pertinentes que le dan tales números. Tal vez la más contundente de las que hemos vivido en los últimos años vino a ser la reforma judicial, en donde los ministros de la suprema corte de justicia de la nación fueron sometidos al dictamen del voto popular. Teniendo en las manos la varita de virtud de la mayoría calificada, éste y cualquier otro cambio podía ser subido al estrado y quedarse a esperar el resultado aprobatorio.

Con tal confianza, tras haber obtenido algunos logros importantes positivos, desde la presicencia elevó doña Claudia la propuesta de la reforma electoral. No estaba ésta durmiendo el sueño de los justos, sino esperando el momento preciso para ser elevada a los plenos y votada, en caso de obtener los consensos necesarios para tal proceso. La presidenta la anunció, con bombo y platillos. Se abrió un proceso de discusión popular en su torno, lo que se conoce como parlamento abierto. Encuestas, foros, publicidad, cuanta fórmula de ruido ocupara, para que llegara al foro parlamentario, alegando un amplio conocimiento popular.

Su contenido central versaba sobre los dineros públicos. Para el gasto operativo de nuestros procesos electorales, se proponía reducir sus costos en un 25%. Se propuso también una reducción igual al dinero que se les entrega a los partidos, para que retocen en sus praderas, cuando se vienen las disputas por los puestos públicos. Aparte de estas partidas, que están más que claras, se propuso cambiar el formato de elección de los diputados plurinominales. La idea era que ya no fueran listas presentadas por los partidos, sin la participación de los electores, sino sometidas a este veredicto, que es lo que le da sentido a las disputas democráticas.

Pues se nos vino lo inesperado. O tal vez no lo era tanto. Aparte del refrán dictado al inicio de estas parrafadas, hay otros más duros que usa nuestra población. Uno reza, cruel: En puercos, todo es dinero; pero en dinero, todos somos puercos. Y se nota que no está tan equivocada nuestra gente, al emitir juicios tan duros.

Se dice en la tradición popular una premática, que se le atribuye a un tal ‘tlacuache’ Garizurieta: Vivir fuera del presupuesto, es vivir en el error. Pareciera que la mentalidad de nuestros políticos en activo no se ha alejado mucho de esta dogmática. Es posible que en el resto del mundo, la fatalidad de la subordinación de nuestros actos a la variable del lucro mantenga indeleble su línea. Pero no dispersemos la atención. Quedémonos con nuestros actores de opereta.

Los personajes de la oposición abierta, que se dicen pulcros y atinados, se fueron contra la iniciativa y desde el principio juraron y perjuraron que la rechazarían del todo por el todo. Así lo hicieron. Da lo mismo mentar al ominoso PRIAN que al aprendiz de brujo del MC. Eran votos inalcanzables e inflexibles. Era lo esperado pues. Pero aunque operaran juntos todos, no les iba a alcanzar su cifra para que el resultado fuera aprobado con números de mayoría calificada.

La gran sorpresa, porque muchos no lo esperaban, vino a ser el dato de que los dos partidos aliados a Morena, el PT y el Verde, sumaron su fuerza a los votos de la oposición y dieron al traste con la iniciativa. Ni siquiera le dieron champú de subir a la tribuna para su discusión, de si era viable o conveniente para el derrotero de nuestras cuitas. Le apagaron el ocote a nuestra presidenta y nos lo apagaron a todos los que alimentábamos alguna ilusión de que estaban con el grueso de la población. Aunque la apoyara el 80% de la población, le dieron palo.

A leguas es visible que les ganó su voluntad legislativa el gusanito de las ganancias, que se echan del dinero público a la bolsa. ¿Cómo ponerlo en riesgo? Ni locos que estuvieran. Ahora juran que le darán su apoyo total al plan B. Ya lo discutiremos. Pero, sobre todo, ya veremos.

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