Olas de odio
Juan M. Negrete
De inmediato cogieron la banderola de este crimen artero que se tenga a la mano, para constatarlo. Se nos desplomó de pronto un torrente de improperios, de todos colores y sabores, dirigido más que nada al poder establecido. No se le halla la puerta. Mas parece que poco a poco las aguas están volviendo a su nivel.
El sábado anterior se celebró una marcha muy anunciada, marbeteada como manifestación de la generación Z. Es el nombre con que se le propaló. No fue el primer apodo que recibió para su difusión. Se le quiso apadrinar primero como marcha del movimiento del sombrero. Éste tiene presencia en el vecino estado de Michoacán y está apadrinado por Carlos Manzo, quien fuera el presidente municipal de Uruapan hasta el día primero de noviembre, fecha en que dejó de ver la luz del sol. Fue arteramente asesinado.
Quienes se la han pasado manipulando la opinión pública por décadas cogieron de inmediato la banderola de este crimen y lo enarbolaron como causa propia. Su discurso sostuvo sin dar pruebas que el gobierno lo ultimó. Pero como la esposa del alcalde uruapense asesinado fue designada legalmente como la sustituta en dicho puesto, como que alcanzó a mirar el pésimo uso que se le iba a dar a la memoria de su esposo y paró en seco la iniciativa de usarlo como mártir de exigencias oscuras. Se deslindó de dicha movilización.
Los titiriteros no se destantearon con tan inesperado obstáculo. Al contrario. Cogieron de inmediato su segundo aire e izaron la banderola de los viejos piratas. Una enseña con una calavera y más sandeces de este jaez. Predominó entonces la carátula de la tal generación Z sobre la campaña del sombrero. Y hubo marcha.
Parecía que iba a ser una manifestación abultada en términos de presencia de gente en la calle. Las voces difusoras y también las oficiales suponían que tendría un grosor similar o hasta mayor a la concentración que hizo hace dos años la llamada marea rosa. Pero este pronóstico no se cumplió. No acudió a marchar tanta gente como en aquella, aunque sí haya habido público que respondiera a la invitación. La parte oficial ha hablado de un contingente de marchistas de unas 17 mil personas. Los organizadores abultan con creces esta cifra. Pero la disputa por las cantidades creíbles, que siempre se da, pasa a segundo término.
Donde más notorios resultaron sus escándalos fue en la capital del país. En primer lugar, no fue tapizado con abundante presencia de marchantes. Pero lo segundo, que fue la violencia desatada, acaparó la atención de todos y desplazó las menudencias de una marcha que no se apegó a lo acostumbrado. No hubo templete para mensajes; no hubo oradores profesionales que marcaran rumbo. Sólo hubo pandillas violentas que desataron su furia en contra de la policía, que cuidaba al palacio nacional. Destrozaron las vallas metálicas, que se habían instalado en dicho frente.
Lo que puede resaltarse de esta confrontación violenta, aparte de que haya sido azuzada por malandrines políticos que de inmediato buscaron ocultarse, vino a ser el odio desatado de sus consignas. En todo momento se escuchaban y leían consignas en contra de Morena, que es la sigla popular del partido en el gobierno. Pero lo más aberrante vino a ser la insistente descalificación para doña Claudia Sheinbaum, nuestra persidenta en turno. Ofensas sobre su origen racial, sobre su calidad de mujer; dislates en torno a ella y a su gobierno. Odio y más odio.
En muchos tonos se nos ha prevenido siempre que no despertemos al tigre que se encierra en cada pecho de los mexicanos. Se le atribuye tal atinada prevención al viejo dictador, don Porfirio. Pero igual se repite en todos los foros. Si sabemos de la furia con que nos comportamos todos los paisanos nacidos en esta tierra del nopal y del maíz, cuando perdemos la cordura ¿para qué entonces estarle picando la cresta al gallo? No es invitación de buena leche esto de convocarnos a destruirnos.
Esperaban los organizadores de estas marchas, que las habría en abundancia en todo el país. Se calculaba que saldrían a marchar en una centena de ciudades. Pero no fue así. Apenas se registraron movilizaciones en una decena de ellas. Y tampoco abundaron en contingentes. Lo que sí hubo, por ejemplo, aquí en Guanatos, fueron destrozos serios al palacio de gobierno. Le prendieron fuego a las puertas y destrozaron ventanales, aparte de dedicarse a apedrear dicho edificio.
Aquí, lo mismo que en la capital, se detuvo a muchos de estos personeros violentos, cogidos in fraganti. Encapuchados o no, revestidos de negro o no, actuando por su cuenta o por consigna, pero se detuvo a algunos de ellos y se les sigue proceso. Todavía no están muy claras las pistas que nos conduzcan a conocer a los manipuladores de estos entes destructivos, pero todo apunta a que se clarificará su procedencia.
En la ciudad capital avanza con más celeridad la tarea oficial de desenmascarar a los responsables o autores intelectuales. Corren por planas y medios digitales los nombres de líderes de algunos partidos políticos de la oposición. Como ya es costumbre nombrar a éstos como prianistas, la opinión pública ya está asociando a estos titiriteros, los que salgan, con gente de nombre y apellido pertenecientes a estas catacumbas. Aún no hay acusaciones y pruebas en firme, pero todo apunta a que las habrá y tendremos expedientes de estos señalados, con nombre y apellido.
Para el día jueves 20 de noviembre, los atufados ruidosos y destructivos amenazaban con repetir el numerito. Dizque volverían a marchar desde la glorieta del ángel al zócalo. También anunciaron como escenario a las instalaciones de la UNAM. Allá no llegó nadie y la de las calles capitalinas se les cebó en serio y qué bueno. Veremos luego qué más siga.

