Del pugilato priísta
Juan M. Negrete
Resulta obligado referirse hoy al bochornoso asalto habido a media semana en las instalaciones del senado. Lo vimos muchos en directo. A quienes no les tocó verlo en vivo, tanto las redes sociales como los medios les proporcionaron su difusión inmediata. Dos o tres días seguidos se inundó con esta nota al gran público. Hay de ello videos directos, comentarios y abundancia de material. De manera que poca gente puede decir que no sepa de qué se trató la algarada.
La zambra dio inicio de forma poco ortodoxa. Normalmente todos respetamos el ritual de la compostura cuando se entona el himno nacional. Pues bien, la comisión permanente del senado de la república, que estaba por cerrar su período de sesiones, estaba de pie cantando estrofas de nuestro himno. En algunos de los videos, que circulan a profusión sobre el evento, se ve al conocido actor mostrenco, el tal Alito, desplazándose desde gayola para treparse a la tribuna, donde los miembros de la mesa directiva estaban de pie, en posición de firmes, cantando los estribillos de nuestro himno nacional.
El personaje de marras, sin detenerse pues, se llega hasta el presidente del senado en funciones, Gerardo Fernández Noroña, y le increpa. Éste le hace alguna seña para que se controle y, por la solemnidad del acto que todos respetamos, parece hacerle caso. Es una inercia sabida y tan obvia que ni el tal Alito iba a romperla impunemente. Así que todos vimos que se frenó y guardó algunos segundos de compostura.
Pero eso fue todo. Mal concluyó la cantata colectiva del himno, cuando el presidente del PRI, con cargo plurinominal de senador, aborda ahora sí violentamente a Noroña. Se hacen de palabras. Pero éstas no estaban en el libreto, sino las sacudidas, los empujones y los golpes, que fue lo que hemos visto de manera profusa todos los espectadores.
Hay varios elementos por desmenuzar en el escorrofio. La primera tiene que ver con el dato contundente de que no iba solo a la riña por desatarse el tal Alito. Atrás de él, o acompañándole solidarios, iban Añorve y Moreira, tomando el flanco requerido para desatar la trifulca. Aparte de estos dos, iban otros tres diputados también priístas, que nada tenían que hacer en dicho espacio, al no pertenecer a la comisión permanente. O sea que iban a sumarse al tumulto, alevosos y gandallas.
Seis golpeadores puestos y decididos a tirar del macho a Noroña y a quien se les pusiera enfrente. Uno de los fotógrafos, que trabaja en la institución, se puso en medio, buscando impedir la gresca. No lo consiguió. Al contrario, fue quien recibió lo más granado de esta tunda alevosa. Lo tiraron al suelo y lo patearon los iracundos sublevados del PRI. Se dice que hasta lo escupieron en el suelo.
Al senador Noroña le alcanzaron a asestar dos o tres puñetazos por la espalda. Como no repelió la agresión, sus furibundos golpeadores ensayaron a tirarle el guante para que cayera en la provocación. No lo consiguieron. El vapuleado alcanzó a escabullírseles. El resto de los legisladores trepados en la tribuna, envueltos en el tumulto, impidió que hubiera más daños. Pero gritería hubo para dar y prestar. Con esto se puso punto final a la provocación, por el momento.
Aparte de la difusión de estos hechos deleznables, encuadrada en tres o cuatro videos que circulan en las redes y en los medios, la opinión generalizada que nos viene de los comentócratas afirma que se trató de una pelea, no de un intento de linchamiento. Y, lo que es peor, se afirma que Noroña, el legislador por linchar, fue el agresor y el provocador de la riña, que no llegó a desatarse, por fortuna.
No hubo riña porque, como bien reza uno de nuestros refranes rancheros, para que haya pleito se ocupan dos. En este caso hubo seis rijosos, pero los seis del mismo bando. No se toparon con ninguno que cogiera el guante. Por eso vimos que no llegó la sangre al río.
Afirmar que Alito sea el ofendido, la víctima de los excesos autoritarios de esta instancia del poder legislativo, raya en una imbecilidad supina. Quienes tenemos la desgracia de escuchar las tarabillas de este personaje registramos una sarta de descalificaciones persistentes en contra del actual gobierno, que no tienen sustento objetivo. Suelta sus denuestos a diestra y siniestra, sin ruborizarse siquiera. Es el vocero de la derecha absurda y de sus mentiras ofensivas: Que vivimos en un narcoestado, que tenemos un gobierno terrorista y narco, que componen las instituciones presentes una dictadura, que sufrimos el peor de los autoritarismos… y más embelecos por el estilo.
El indigerible de Krauze soltó, por el hecho presente, uno más de sus paralogismos extraviados. Hace algún tiempo había comparado a Enrique Alfaro, exgobernador de Jalisco, con don Mariano Otero. Ahora compara al tal Alito con don Belisario Domínguez, enfrentado al Chacal, Victoriano Huerta. Krauze parece haber perdido la brújula de nuestra historia. Lo malo es que haya mucha población que le hace caso.
No se registran muchos eventos de escándalo de naturaleza tan violenta en nuestros espacios parlamentarios. Hace casi un siglo se registró el homicidio de un diputado, ejecutado por otro legislador, al que se le fueron las cabras al monte. Pero fuera de locuras de tal jaez, es la primera vez en nuestra historia que vivimos actos porriles y de alteración de la paz pública en tales escenarios.
Tanto diputados como senadores nos tenían acostumbrados a un comportamiento modosito y educado. No eran lo violentos y atrabancados que solemos ser todos los demás mexicanos y en el lugar que nos venga en gana. Ojalá recapaciten los que siguen en la palestra y no nos repitan cuadros tan infamantes y descompuestos.


