Nueva crisis de los misiles
Juan M. Negrete
Esta semana fue álgida. A diferencia de algunas anteriores, ahora sí saltó a la escena la mala conciencia mundial y nos puso el pelo de puntitas. No sólo a los mexicanos, que solemos ser lo suficientemente vaquetones para no descontrolar nuestros libretos, sino a medio mundo. Y esta cuantificación nos viene como cálculo realista. Tal vez a los chinos, ni a los hindúes, que son la mitad del mundo, les llegue el calor al cuerpo. Pero a todos los demás sí nos escuece la mirilla de que se desate el conflicto bélico en nuestra zona, en concreto, contra Venezuela y Colombia.
Es un pronóstico complicado hablar de esta variable tan cantada. Ya tenía el güero desabrido, también apodado como Donald Trump, y de quien todo mundo sabe que está ocupando la presidencia gringa, muchos días enfocando la atención mundial con una gresca posible entre su ejército y las fuerzas armadas venezolanas. Desde que se inició la cartelera de este lío fue calificado por medio mundo como una reedición del cuento de David contra Goliat. Así pintamos todos tal escenario.
En el mes de septiembre el desabrido ordenó que se desplazara su portaaviones nuclear más poderoso, Gerald Ford, hacia territorio venezolano. Bueno, si se trata de una flota marina, era para estacionarse en las aguas fronteras a este país hermano, pero dispuesto y dirigido a apoyar una invasión al territorio amenazado. Este equipo bélico tan desmesurado no llegó sólo a instalarse frente a las cosas venezolanas, sino que fue acompañado de inmediato con bombardeos y hundimientos de lanchas dizque narcas y, por supuesto, terroristas. Al momento se habla ya de un centenar de asesinatos sin juicio sumario siquiera. Viles crímenes de guerra, sin que se haya declarado tal estatus todavía. Con la pura amenaza basta.
El garlito o banderola se centraba en el régimen de Maduro. Ya es más que larga e intensa la campaña que ha puesto a este presidente en la picota para el desprecio internacional. Sólo santo no ha sido. De dictador no lo baja esta insidiosa campaña ‘occidental’. No tiene sentido revivir o enlistar tanto descalificativo vertido en su contra desde hace buen tiempo. Pero lo que vino a coronar el último sainete fue la promoción gringa de entregarle el premio nobel de la paz a María Corina Machado, mujer que vive desatada dizque encabezando la oposición escuálida, o sea, enquistada en derribar del poder al modelo chavista.
Cuanto dibujo negro se encontraran a mano los opositores al chavismo lo argüían como propio y lo difundían. El eco de los medios de comunicación y de la prensa del mundo occidental regurgitaba de inmediato tales señalamientos, estuviesen o no comprobados; fuesen pues ciertos o no. La imagen central de Nicolás Maduro Moro está totalmente demonizada en nuestros panfletos de la supuesta información internacional. De manera que esto de desmarcarse de Maduro es visto hasta como estrategia atinada.
Pero de ahí, de descalificar y condenar al poder ejecutivo de aquel país hermano, a dar como positiva la invasión a dicho país, hay trancos más que largos por dar. Y menos se avizoraba como aceptable que incursionaran los marines y llevaran a Caracas a la tal Corina a sentarla en la silla de Miraflores, en lugar por supuesto de Maduro, y que el pueblo venezolano se quedase tan contento. Algo así como cumplirle un antojo bien protegido por el subconsciente, aunque no diera mayor expresión fáctica a la calle.
Lo peor de los estropicios gringos vino con el secuestro del buque petrolero más grande de la flota venezolana. Eso de robarse un kilo de oro, a lo descarado, a ojos vistas, proviene sólo de ladrones acostumbrados al atraco e impunes de toda impunidad. Y ni quién le fuera a la mano al Trompas. Y como nada ni nadie lo mandó a callar, se siguió de frente y ordenó que todo el frente caribeño de la economía venezolana fuera bloqueado. Venezuela aparece ahora como otra nueva Cuba, tan sólo por los tanates gringos. Y de nuevo, todos tan campantes.
Mas lo que vino a descomponer el cuadro fue la declaración final del jiricuento gringo de que el petróleo, las tierras y los minerales caros son gringos y que van a entrar por ellos. Van a recuperar su vieja riqueza y nadie les va a detener en tal tarea. Esto sí que puso el clímax del teatro mundial de puntitas. La única manera de salir adelante con esta amenaza tiene que ver con desatar la tormenta bélica a todo lo que da. Lo que seguía del libreto era entonces la invasión militar abierta y… sálvese el que pueda.
Toda la parafernalia de los medios, de las redes, de cuanto brete comunica, vivió atenta al anuncio esperado, a la declaración frontal de la guerra. No de la invasión, sino de una guerra concreta. Porque a todos nos resulta obvio que los pobladores de Venezuela, los auténticos dueños de tales riquezas, no se van a dejar. No será entonces como una invasión gringa más, como las que han montado sin encontrar resistencia antes, en Panamá, en Granada o en otros puntos latinos, hermanos nuestros.
Se veía ahora una reedición mucho más templada y poderosa que la invasión de Cochinos, en Cuba, con la que se derivó la crisis de octubre de 1962, llamada también como la crisis de los misiles. Aquella vez le entró al toro, a favor de los cubanos, la fuerza de la URSS, cuyo rostro visible era Nikita Krushov. De ahora se habla mucho de su posible presencia a la sombra también del ruso Putin. Aunque no esté tan clara dicha partida.
La que sí está bien clara y en pie de lucha es la resistencia popular del pueblo venezolano. Su armada, bien artillada y preparada. Pero más que nada su propio pueblo, millones de jóvenes y viejos, dispuestos a encarar a un invasor descarado, prepotente, marrullero, embaucador y dizque imperio. Nadie, en su sano juicio, desea este estallido. Pero así estamos.




