El mirón

Mariano Michel Velasco

De seguro que todavía no tenía bien cuajado el sueño, porque al escuchar el primer disparo brincó como saltaperico sobre su “tapeiste” (especie de colchoneta armada con varas secas de otate), y para cuando sonó el segundo ya estaba con el ojo pegado a una rendija de su ventana, la que daba a la calle.

Aquello fue al comenzar la madrugada, cuando en su constante movimiento, silenciosa y obediente al ritmo de los escrupulosos tiempos, se resbalaba en medio de un cielo salpicado aquí y allá por diminutas y parpadeantes estrellas, que cual cortejo de sutiles lunares rodaban en su rutinario camino, formándole un inmenso marco a la orgullosa, fría y resplandeciente luna, que aquella noche, semejaba un sereno y redondo espejo.

A pesar de que apenas comenzaba a levantarse en su pendiente, la grandiosa y brillante farola ya vertía su claridad sobre los terrenales cuerpos, provocando con ello la aparición de innumerables siluetas, figuras caprichosas de todo lo que se interponía en su camino; sombras secas como su madre luz, formas lánguidas e informes algunas que se estiraban más y más hasta perderse en el infinito, perfiles cercanos otros que se marcaban sobre la calle, casi inmóviles pero siempre acorralados por una blancura como de leche reposada, haciendo que poco a poco las impalpables manchas que nacían a su paso, se escurrieran sobre los empedrados para luego treparse más allá de banquetas, muros y techumbres.

Fue por aquella luminosidad que quien miraba tras la ventana pudo reconocer al fulano, el que después de rematar a su presa con el segundo disparo, regresó para ocultarse entre las tupidas sombras, que bocacalle de por medio, ofrecía la arboleda del jardín. Su retirada había sido sin premura, por eso el de la rendija alcanzó a distinguir al que cargaba el arma… era Nicanor. El muertito fue Sebastián, el que hacía pantalones sobre medida.

Este sereno y pobre hombre casi llegaba al portón de su casa cuando vino el chispazo… por eso ni siquiera alcanzó a levantar la mano para agarrarse de la aldaba. En ese momento se le doblaron las corvas, y abatido, el cuerpo cayó a lo ancho de la banqueta, con la cabeza pegadita a la pared. Entonces un hilo de sangre comenzó a escurrir desde su pecho, brillante y lento como aquella luna que le serviría de sudario. Hasta allí caminó el otro para soltarle el de gracia, muy de cerca, para asegurar su disparate. 

Del tal Nicanor se cuenta que por un buen tiempo anduvo enredado en una banda de salteadores, de aquellos que para revestirse de legalidad se hacían pasar por alzados, dizque defensores de las creencias religiosas del pueblo. Puede que por obrar en esos afanes le haya brotado lo fanfarrón, lo envalentonado, que por esas hechuras se haya aficionado a derramar sangre, porque en eso trajinó hasta cuando llegó el cobijo de un armisticio que el gobierno, disimulada y buenamente le obsequió a todos aquellos bandidos. Por eso se dice que las maneras del agresor ya estaban bien fraguadas, y que al no conocer otros modos de vida, se dedicó después a lo que bien había aprendido, a cumplir “encarguitos” de quienes, puede que faltos de empuje y sobrados de dinero, no se animaban a enfrentar ellos mismos sus pleitos o revanchas.

De Sebastián se sabe que se avecindó luego de que se decretara, después de aquellas revueltas religiosas, la prohibición de que los hombres ya no usaran calzones de manta, blancos, de aquellos que se trincaban a la cintura con un ceñidor colorado.

Puede que el sastre ya tuviera algunos visos del pueblo, que conociera los medios y condiciones de por acá, paciencia como aquella de las señoras que bordaban vistosos mantelitos y servilletas, pero nada de hacer pantalones. Quien quita y así lo pensara, que por eso en estas tierras pudiera pintarle lucrativo el negocio de la cosedera.

Era de Todosantos, un pueblo ya grandecito que queda por allá, a un lado de los volcanes. Una tarde que ya pardeaba, apareció por el callejón, solo y arriando una recua de burros cargados de los ajuares con los que luego montó su taller. Sus haberes eran una maquinita de pedal para las costuras y algunos bultos de telas de algodón, de aquellas conocidas como mezclilla y caqui, las únicas que desde entonces comenzaron a usarse por estos rumbos.

El matón tampoco era de aquí, y nadie sabía en dónde le habían cortado el ombligo. No se le conocía lugar fijo para vivir, y como se dice, andaba siempre a salto de mata, errante de un lado para otro, de seguro escondiéndose después de haber hecho algún trabajito, de haber cumplido con algún encargo. Muchos conocían cuál era su ocupación, por eso cuando de casualidad se le avistaba, era seguro que andaba en busca de alguien, preparando ya su cacería.

Aquella madrugada así estuvo, venteando a su presa detrás de una alta casuarina, con el tronco de parapeto. Le gustaba trabajar en noches muy iluminadas, y eso para ajustar los bultos, para no “jerrarle” (errar) el primer tiro, y para ello se ayudaba con la claridad fría y quieta de las lunas llenas, como aquella de abril que acababa de redondear.

De seguro que Sebastián ni sospechaba que fueran a ponerlo en la mira, que lo agarraran a la mala, emboscado como trofeo de caza, y menos lo esperaba porque a nadie le debía nada, al contrario, sus maneras eran de buena gente, muy tranquilo y bien nacido como se dice, por eso no se entiende que aquel infame estuviera esperándolo para “venadearlo” (espiarlo), a menos que se debiera a lo que pasó aquella tarde, cuando Nicanor caminaba muy pegadito a la pared de la banqueta que corría por fuera de la sastrería de Sebastián, que en ese momento comenzaba a planchar un pantalón recién terminado. Lo hacía como todo mundo, tomando un poco de agua en la boca y rociándola luego sobre la ropa, soplándola con fuerza. 

Fue un mero accidente que aquello ocurriera, porque cuando aventó el buche de rocío sobre la prenda, el otro iba pasando frente a la puerta que siempre estaba abierta de par en par, y el sastre ni cuenta se dio del hecho. Fue de pura mala suerte que lo rociara un poco. Cualquier cosa, una que otra gota, de seguro. Fue nomás brisita la que cayó sobre el fulano… una nada como se dice.

El Nicanor no hizo aspavientos, sólo le mandó una mirada de ganchete, como para fijarse la figura del que, ignorante del hecho, lo había provocado, el sastre. Entonces, así como apareció, embozado en un gabán pardo y un sombrero de ala corta con calados de cuero en la copa, capirote que siempre cargaba de lado, siguió caminando, escurriéndose despacito para luego mirar hacia la entrada del mesón que quedaba a sólo unos pasos. Por sus movimientos es seguro que andaba en los acomodos de algún encargo. Fue por eso que de inmediato no hubo ningún reclamo al de la sastrería.

Pasaron las horas en medio de la tranquilidad, hasta que llegó la noche, tiempo en que los hombres y las lechuzas salen siempre a buscar su cena. Fue también cuando al ras de la cresta de los volcanes apareció la luna, derramándose sobre lomas y caseríos. Con ella se prolongaban los tiempos de la gente, ocasión en que las abuelas contaban sus propias e inventadas historias de aparecidos, momentos en que la muchachada se divertía jugando a “la roña”, a “los quemados”, al “cómo la viste” al “burro castigado” o a otros.

Eran las horas en que los señores tanteaban el devenir del temporal, el que no tardaría mucho para comenzar a mojar las tierras ya casi listas para la siembra de los granos, horas también en las que alguien le confiaba a los amigos sus apuros o aventuras. Era el tiempo ligero y tranquilo de los abriles en el pueblo, al que llegó Sebastián para hacer ajuares de pretina, sin alforzas pero con bastillas anchas; pantalones que entregaba bien planchaditos, como aquel que comenzaba a rociar y que por mala suerte alcanzó a salpicar al que pasaba.

De seguro que por aquello fue el enojo de Nicanor, pero creo yo que no era para tanto, y lo peor fue que Sebastián ni cuenta se dio, por eso aquella noche iba muy tranquilo hacia su casa…, hasta que el plomazo lo paró en seco.

Algunos momentos después la autoridad se hizo presente para recoger el cuerpo, y como no había parientes que lo reclamaran, luego de las obligadas diligencias, se dispuso que la velación fuera en su mismo negocio, en la sastrería. 

Esa misma madrugada, algunas buenas mujeres no tardaron en disponer jarritos de café y de canela con alcohol para quienes acompañaran al difunto. Entre otros muchos, hasta allí llegó también el que había ojeado por la rendija, el que clarito había mirado el segundo tiro, el de asegurar. Fue entonces cuando tomó una mala decisión, pues ya con varios tragos adentro, con los ánimos engañados, orgulloso de sus claros atisbos, se embarcó una y otra vez en el relato de lo que había visto poco antes, presumiendo de aquel privilegio, el de haber sido espectador de hechos y personajes.

Por “aconsejamiento” de algunos oyentes, su imprudente y altiva narración tuvo un repentino límite, pues de pronto lo asaltaron los agobios, y es que le caló aquello de que el matón pudiera todavía merodear en el pueblo, pues tenía pendiente el encargo por el que había llegado. Fue por eso que para luego le entraron los temores, cayendo en cuenta de que si sus habladas llegaban a oídos de Nicanor, de seguro que él sería el siguiente, por eso entre súbitos y atropellados traspiés jaló rumbo a la frontera, sin siquiera pasar por su casa; tenía que cruzar la frontera cuanto antes, aunque fuera de mojado. El caso es que aquella noche ya no durmió en su “tapeiste”.

Con su muda e impasible complicidad, por algunos días más la luna continuaría ofreciendo su brillante redondez, iluminando a su paso calles, rincones y banquetas, acompañando con su fulgor la figura de algún cristiano ya señalado que podría estar bajo la mirada de un certero y clandestino “desechurado”, como aquel que sirviéndose de su claridad pudo tener al cándido boquiflojo, al de la visión, al que lo había ojeado por una rendija de la vieja y reseca ventana que el tiempo y el sol habían comenzado a cuartear. 

Crucecitas de cuas

Llegamos con el amargor todavía muy tiernito, nacido por la carencia del padre, por el vacío que recién había dejado. El apuro fue muy de repente, por eso las lágrimas se nos quedaron como atoradas en la garganta, mudas, tan escondidas que solo nos removían las entrañas. Fue hasta después que le ganaron paso al disimulo y brotaron de pronto, rodando pero sin mostrar siquiera una mueca que estorbara su ligera caída. La despedida se cumplió “acabandito” de amanecer. Entonces de plano se nos soltaron recios y francos clamores, antes mansos y velados lloros.

Salimos del camposanto y agarramos la falda del cerro, por una vereda que comienza y sigue por allí mismo. Pronto el sol brotó de lleno cayéndonos sobre la cara, lo que nos sirvió para andar con la frente agachada, siempre calladas, con la voluntad y el gesto todavía húmedos por aquel adiós recién entregado. Caminamos en fila, una detrás de otra para no mirar los ahogos ajenos, de seguro rebuscando los propios recuerdos, los que a cada una más nos atosigaban.

Más adelante, siempre al paso de los animales que trotaban cargados de jaulas, chiquihuites y petacas, empezamos a rebasar vallados y lomeríos.

Después de mucho andar, cuando ya la sombra dejó de seguirnos hasta esconderse debajo de cada pisada que dábamos, el cansancio me hizo levantar la cabeza, como buscando el final de aquel camino. Entonces paramos. Fue una sola vez y sólo para comer algo. Luego de terminar, mamá Lencha nos dijo que había que seguir, que de no hacerlo nos agarraría la noche. Fue lo único que nos explicó o quiso decirnos. De lo que habíamos dejado en el pueblo… nada, ni media palabra.

Paramos cuando el sol ya comenzaba a ladearse en su recorrido, y desde al llegar nos dimos cuenta de que poco faltaba para que aquel pedacito fuera casi una nada… un puro potrero pegado a un lienzo de piedra, campo que así ha seguido, igual de pelón, sólo que ahora animado con el cacareo de gallinas y rebuznos de animales, pero siempre rodeado de tierras igual de marchitas, acunado entre peñascos y huizaches, con los mismos jacales de carrizo enjarrados de barro y recubiertos de tejamanil, tejaditos que desde aquella noche nos sirvieron de cobija. Al lado de todo esto, un “tejabán” (techo) de dos aguas con sombrita de horcones y “pataiste” (especie de zacate) que desde entonces guarece a los burros, a los renuevos de aquellos que aquel día caminaron con nosotras por el sendero que aquí termina, el único por el que luego se da vuelta si es que uno quiere salirse de aquellos zacatales.

Al llegar sacamos a las gallinas que ya andaban con el pico abierto a fin de poder alcanzar sus respiros, y para que se reanimaran un poco de la sed que les provocó lo caluroso del camino, las dejamos libres a fin de que bebieran en el hilito de agua que corre por allí, abajito, y que brota quién sabe en dónde. Casi nos agarraba la noche cuando quedaron sueltas… fue cuando también comenzaron a completar su comida, rascando en el suelo, entre la nopalera, picoteando aquí y allá.

Desde entonces así hemos trajinado, en medio de lo mismo, arrumbadas, escondidas de todo, lejos del caserío que nos vio nacer, del que por más que una quiso, nunca pudimos salir. Quedaba retirado de cualquier pueblo, por eso no tuvimos ningún estudio, ni aprendimos a leer, y tampoco a sacar cuentas, ninguna de nosotras, nunca, y menos supimos ni quién ni cuándo fue que treparon en una de las torres de la iglesia, al otro lado del campanario, el invento aquel que con su sonadera de a cada rato sirve para anunciar el paso del tiempo… como para que la gente se dé cuenta del trecho que cada uno lleva gastado, como para hacerle ver a cada quien que ya le queda menos por vivir.

A nosotras eso de los saberes de la cosa esa ni nos apuraba, por eso, qué esperanzas que aquí fuéramos a tener algún aparato como aquél, y ni para qué… porque el tiempo y las horas, si una quiere apurarse para algo, se nos dan solitas; es cuestión de mirar y aprender el rumbo que guarda el sol. Igual pasa por la noche, cuando los gallos con su quiquiriquí se encargan de anunciarlas al arrimarse la madrugada, cuando a poco llegan los albores.

Así han sido los acomodos por acá; nos movemos con el paso del día y la noche, no hay para qué saber más. Siempre ha sido de ese modo, al puro tanteo. Lo mismo pasa con la luna y estrellas, con los calores que arrecian cuando el sol se pone a mero arriba y las cosas no tienen sombra, cuando más se resiente el calor, marchitando zacatales y plantíos, resolana que hasta a los animales adormila, “contimás” (con mayor razón) a uno… por eso digo que no tiene pierde si alguien tiene la tentación de saber las horas.

Desde hace años así nos hemos entendido, con vislumbres, con puras señales, por eso nos dimos cuenta que Pancho se nos murió a eso de las seis de la tarde, pasaditas a lo mejor, y eso porque las gallinas andaban ya con alborotos en busca de una rama del árbol aquel que está pegado a la piedra plana. No tardaría en oscurecer y casi todas se subían a pasar la noche al amparo del “ramajal” (ramas entreveradas), no fuera que en medio de sus dormitadas y al puro resguardo del suelo, les llegaran de pronto los coyotes.

Ese árbol que sirve de dormitorio a las gallinas ya estaba cuando llegamos aquel atardecer. Por acá lo conocemos como cuastecomate, pero en otros lados lo llaman guaje, cirial o uranis. Nunca supimos quién lo plantó, o si brotó solo, pero lo bueno es que allí está todavía. De esos arbolitos se cuenta que allá cuando Dios estaba haciendo las cosas, el diantre del chamuco quiso arrimársele para ver qué “dañerías” (males) podía obrarle, pero no se le hizo, le tuvo miedo al ramaje, dizque nomás pudo verlo de retirado porque sus hojitas estaban hechas en forma de cruz.

Son muy conocidos por estos rumbos, con su “ramajal” tupido de crucecitas, pero no se conocían las hechuras del diantre hasta que nos las contó el padre Rosendo, y también nos platicó de la encorajinada que se dio el demontre, y es que según eso no pudo meterle mano, porque su intención era acabar con todo él, dejarlo seco. De seguro que el malvado demonio ya presentía que aquel signo, el que formaban las hojitas, iba a ser su contrario, su estorbo, por eso quería darle fin a como diera lugar, pero al no poder arrimarse, comenzó a tirarle con bolas de lodo, de ese muy pegajoso, pero como lo hacía de lejecitos, nomás le atinaba al tronco, y así, pues aquellos “pegostes” (pegotes)  ni cosquillas le hacían. Total, que las pelotas de barro nomás se le quedaban pegadas, sin hacerle daño, por eso no pudo tumbarlo, y menos dejarlo seco. Así más o menos lo recontó una y otra vez el padrecito.

Que por todo aquello, las frutas en forma de bolitas tienen la sustancia como si fuera de lodo, negra, como las intenciones de aquel “deshechurado”; pero que según eso, Dios no quiso quitarle aquellos “pegostes”, que al contrario, las envolvió con una cáscara dura y les dio poderes curativos. Por eso se dice que esa fruta es como medicina para los que sufren de achaques en los “dentros”, en los pulmones, que es buena para males de toses y “garrasperas”.

Sí… así es el cuento de cómo esos palitos llegaron a cuajar para bien, de cómo son buenos para males de la gente, y para las gallinas de aquí también, porque ellas lo han aprovechado a diario, menos en aquella tarde en que no las dejamos subir.

Fue una friega andar correteándolas por todos lados; a las que estaban en nidales no había ni para qué molestarlas, allí mismo les echamos el chiquigüite para encerrarlas, pero las otras no se dejaban. Al puro acercarnos salían despavoridas a esconderse entre los matorrales, y si no ha sido por los chuchos que nos ayudaron, pues quién sabe. Eran dos aquellos perros, uno pinto y otro negro, y así los llamábamos, el pinto y el negro.

Pero pinches animales… a los coyotes les sacaban la vuelta, no les daban la cara, creían que a puro ladrido los iban a espantar, pero no, nunca pudieron, por eso había que estar pendientes de que no se arrimaran. Con las gallinas fue otra cosa, se agazapaban entre las breñas hasta sacarlas de sus escondites, sí… se “empuyaron” (apuraron) con ellas. Pero bueno, así anduvimos hasta ya “oscureciendito”, hasta que todas quedaron metidas en jaulas y petacas.

El encierro fue nomás por esa noche, y todo porque allí velamos el cuerpo, debajo del cuastecomate, con el ramaje bañado por el fulgor del lucero, haciendo reflejar la forma de cruz de las hojitas.

Quién sabe si con aquello sería de acuerdo Pancho, porque nomás tiramos un “tapeiste” (estera de otate seco) y encima le pusimos un petate. Allí lo tendimos, acomodado a ras de suelo, y es que no había para más. Todo fue muy a la carrera, porque ni trazas daba de su mal… todo pasó de repente, en un ratito. Aquello fue a fines de un abril, cuando por acá son más fuertes los calores. Pero como digo, lo bueno que había luna llena, por eso no hacía falta iluminar nada, pero por no faltar, prendimos una vela de sebo… era lo único que teníamos. Lo bueno que se veía muy adornado, con la luz como llovizna que se metía entre el montonal de crucecitas, que para mí, parecía que lo estaban cuidando.

Y como ya dije, ese árbol pues sabe, quién sabe desde cuándo esté plantado allí. Ya casi no da fruta, nomás se llena de flores y a poco le brota un montón de bolitas, pero son unas cuantas las que se llegan, las que maduran… porque apenas comienzan a crecer y las tira, muy tiernitas todavía, como que ya no le alcanza la “enjundia” para darles fuerza a todas. Yo me imagino que puede y sea por lo viejo, que nomás le queden los ánimos, como sucede con los hombres, que poco a poco se les baja el empuje y hacen menos, hasta que ya no cumplen con una. Entonces nomás se viene a la memoria todo lo que se hacía, y se queda una con el puro antojo. Así es, por eso a los recuerdos se les compone algo a modo, según las ganas y conveniencias de cada quien. Eso pasa siempre, pero de “haceres” (hechos) completos ya nada, ya no se puede, por eso queda uno nomás saboreándose con la pura imaginación.

Sí, eso ha de pasar con el arbolito, como que sus hechuras ya son una pura manía, un puro acordarse. Así resulta con lo que anda ya muy cansado, por eso pienso que pronto puede marchitarse, porque así fue con Pancho, dio todo lo que tenía y nomás fue resecándose de a poquito. No eran muchos sus años, pero pronto se hizo viejo, casi viejito, y eso ha de haber sido por tantas friegas que no mucho antes había pasado. 

Lo enterramos al día siguiente, en la mañanita, cuando apretujados en las petacas, los gallos ya cantaban. A esa hora levantamos el cuerpo, y no es que tuviéramos urgencias de otras, fue porque en un rato más todo se pondría caluroso… y él estaba al aire libre, nomás con la ropa que llevaba, sin cajón, y es que, de dónde lo íbamos a sacar, pues para vida de tenerlo había que ir al pueblo para que lo armaran… y así no, el regreso sería hasta después de unos dos días… así que nomás lo envolvimos en lo que lo habíamos velado, en el puro petate. 

Quedó por allá, atrás de esa lomita. A fin de llevar el bulto hubo que ponerlo en un tabladito hecho con varas de otate, y luego llevarlo jalando con un burro, porque de haber cargado con él como si fuera tercio de leña, pues en cualquier mala pisada del animal podría ladearse y caer por el “reliz” (barranco), por el desfiladero. Por eso arrastramos el envoltorio, sin arriesgarle mucho, porque igual que el “tapeiste”, el burrito todavía estaba de uso y nos podía servir… y Pancho ya no, se nos había acabado.

No sé si esto tenga perdón de Dios, pero había que darle sepultura, y aparte de eso, nunca lo he visitado, así que allí debe de estar, de seguro, en lo que ahora le llaman “Los Parajitos”, enterrado no muy hondo pero con su cruz de palo como señal. A ese lugar yo no sé por qué le pusieron así… ha de ser porque aquí son “Los Parajes”, y claro que alguien se fue a lo cómodo y así comenzó a llamarle a la lomita aquella, como si fuera hija de ésta.

Además de la cercanía, algo ha de haber en estos lugares, y también algo ha de tener ese arbolito, algún asomo que yo todavía no distingo. A lo mejor guarda la virtud de obrar querencias, porque Pancho de repente viene a ponerse debajo de la sombra de cruces, como en espera de no sé qué, en veces parado y otras en cuclillas sobre la piedra plana, esa que siempre sirvió como lavadero y que está junto al arroyito del que toman agua las gallinas.

Allí también es donde mamá Lencha murió, sobre la piedra laja, “culimpinada” (inclinada de rodillas). Quedó así nomás, de seguro ya cansada de tanto estar refregando ropa. Ella fue la primera a quien velamos debajo del cuastecomate, y también quien nos trajo a vivir hasta por acá, a estos “méndigos” (despectivo) parajes.

Sí… me acuerdo que fue a poco de llegar que conocí al Pancho; de seguro mamá Lencha tenía ya apalabrada la entrega de huevos, por eso fue que él apareció por acá. Fue más o menos al medio día cuando nos encontró, solo y con el sol encima, venía como agorzomado, o puede que desanimado por el camino, por eso se quedó a sestear un rato en la sombrita de cruces, sentado en la piedra. Antes de cargar los burros estuvo hablando con mamá Lencha, pero no sé de qué, lo que sí, cuando estaba por irse no me despegaba la vista. Yo hacía como que no me daba cuenta, entonces comenzó a caminar para la salida. Ya lejecitos empezó a bajar la loma, perdiéndose poco a poco. 

Regresó hasta los muchos días, y es seguro que mamá Lencha le hizo algún reclamo por la tardanza, porque entonces comenzó a venir más seguido, y siempre era lo mismo, en cada viaje no dejaba de mandarme sus ojeadas, cada vez más claras, más marcadas. Yo seguía sin hacer caso, porque había que respetar lo de que mis hermanas tenían la ventaja para avenirse con alguien, y es que ellas eran mis mayores.

Fueron muchas las idas y vueltas que dio, y con el tiempo supe que a Pancho nunca le importó aquella manía de que la menor de las hijas tenía que estar con la madre hasta su muerte, ver por ella. Él no iba con eso, así que se apalabró con mamá Lencha quien, alcancé a darme cuenta, después de algunos reniegos tuvo que hacer el trato.

Desde entonces vivimos juntos, por eso a él le tocó todo el ajetreo, desde la velación hasta el enterramiento; el agujero lo abrió en donde él quiso, y eso porque acá nunca se había muerto nadie, o al menos a ninguno se le había dispuesto sepultura; así que ella fue la primera en quedar allí, en “Los Parajitos”, en ese suelo pelón pero tranquilo, en donde con el tiempo quedarían soterrados otros.

A poco de aquella pena se revolcaron un tanto las cosas, y si no se dieron antes fue por respeto a mamá Lencha, casi lo aseguro. El caso es que después de que le guardamos su novenario, mis hermanas comenzaron a verme al sesgo, como con tientos, como celando mis quehaceres… buscando a escondidas el modo de comenzar el retozo de sus ganas. 

En aquel entonces Pancho ya me había “jincado” (preñado) un par de muchachos, pero los inocentes nunca supieron de los ajigolones que comencé a pasar, así que de aquellos apuros no se dieron cuenta de nada; ellos no resintieron la agitación en que me traían mis hermanas, y es que estaban muy chiquillos, y además, yo nunca se los vislumbré porque no había para qué, el asunto era nada más entre nosotras y Pancho.

El caso es que desde el último día de rezos y sufragios no me perdieron pisada, y cuando no era una era la otra; siempre me tenían a la vista, y nomás en las noches me dejaban en paz, como si fuera una gallina a la que se le dejaba dormir horqueteada en su rama.

Bien sabía yo que ellas nunca habían tenido acomodos con ningún hombre, nunca, ni por asomo. Y con  eso de andar cargando a diario con ansiedades muy maduras, bien llegadas y ardorosas, pues es muy fácil que se engañe la voluntad de una, que se borren temores y se encorven voluntades. Eso pasa, pronto o a la larga.

Esos eran mis pareceres, creencias que me daban vueltas día y noche, hasta que me convencí de que cada quien debe trajinar con sus angustias. También caí en cuenta de que ellas tenían igual derecho a cuajar sus gustos, a desahogar sus agitaciones, por lo menos, y me imagino que las tenían de sobra. Pero… por qué no decirlo, aunque sus chapuzas llegaron a calarme, me di cuenta de que la comezón de sus ansias ya era mucha, entonces los ánimos se me aflojaron y me ganó la blandura, por eso las dejé hacer su lucha con Pancho. Fue por eso que me quedé callada. 

Fue cuando de plano ellas no perdieron el tiempo, para pronto lo engatusaron y él desde entonces ya no fue igual. Yo lo conocía bien, por eso me di cuenta; conmigo ya no se rebullía con la misma fuerza, ni tan seguido.

El contento que consiguieron no les duró mucho, porque al año pasadito me quedé sin hermanas, se fueron… una tras otra. Casi al mismo tiempo comenzaron con sus males, y por más bebedizos que les daba no les llegaba el alivio, a ninguna, entonces a Pancho se le vino el pálpito de que había que hacer algo más, por eso me ayudó con el ajetreo de conseguir los cajones. Fue al pueblo y se los trajo. Cargó con dos, y mientras se les llegaba la hora, los tuvo escondidos en el tejabán de los burros. Lo malo que no se le ocurrió traerse tres, porque así hubiéramos tenido también para él, por eso nomás lo liamos en el petate. 

El mal estaba más que visto en ellas, pero no en Pancho; algo pasó que también a él se le vino… pobre, tan joven todavía. No tuvo tiempo para reponer sus fuerzas. Yo creo que se acabó por tanta friega que le dimos, por la exigencia de las tres; por eso fue poniéndose “pachichito” (enjuto), por el gasto que de seguro a diario tenía que dar, por tanto “entrego” (deber) que tuvo en aquel tiempo, y sin tener necesidad, digo… nomás por buena gente.

Desde entonces nos quedamos solos, “diatiro” (en verdad) solos… y aunque renegando y todo, mis hijos, los muchachos, andan echando los viajes, pero no hallo cómo hacerle para después, porque nunca les ha gustado eso de andar arriando burros cargados con petacas de huevos, y por como los he visto, pienso que cualquier día agarran rumbo, y quién sabe para dónde. Ojalá y sea lo conforme, que se asienten en algún lugar no tan seco y escondido como este, para que entonces ya no trajinen en lo que siempre hemos hecho, que ya no tengan que lidiar con gallinas, ni con burros, perros o coyotes. 

Así lo pienso, y es que a estas alturas ya me llegan las apuraciones, porque comienzan a ganarme los años… por eso en cuanto puedo me voy hasta la piedra plana y allí me la paso, sentada debajo del cuastecomate, aguardando a que me venga la hora del juicio… pero pasan los días y nada, no me llegan las señales, ninguna… ningún anuncio siquiera, por eso me pongo en la sombrita, para ver hasta cuándo se cansa conmigo el tiempo. Lo peor es que me crece el agobio, porque ni el sol ni el canto de los gallos pueden avisarme del tiempo que me queda. Así que, pues ya Dios dirá, a ver hasta cuándo.

En veces pienso que sería bueno irme de una vez a “Los Parajitos”, a quedarme por allá, al lado de donde quedó enterrado Pancho, debajo de una “ramadita” (techo) de pataiste. Sí, porque los muchachos un día nomás ya no regresan, y entonces voy a quedarme sola con las gallinas; aunque eso no me apura tanto porque solas buscan su comida, todas, las de buche pelón, las chanas y las blancas. De las coloradas y de las prietas ya casi no quedan, pero eso sí, al atardecer, todas siguen trepándose a dormir entre las ramas del cuastecomate, como siempre, desde que llegamos.

Lo que no sé es cómo hacer con lo de Pancho, porque antes, cuando llegó a conocerme, no me quitaba los ojos de encima, pero ahora ni siquiera me busca, nomás se aparece debajo del arbolito en donde lo velamos, en lo más sombreado, y allí se queda, sin voltear a mirarme, como queriendo reposar con el arrullo del viento, nomás bañándose con la sombra de las crucecitas. En eso se la pasa, callado y sin darse cuenta de que aquí estoy viviendo todavía, y él allí nomás, sentado y asomando el bulto… como agotado todavía por el desgaste que se agenció a causa de mis hermanas.

Aunque no sé, me imagino que algún resto de vigor ha de quedarle para andar procurando remedios, perdones que puedan mitigar las culpas que arrastra. Ha de creer que con esos lavatorios de sombra puede conseguir alguna indulgencia, alguna cura celestial, pero yo me imagino que no, que no se le va a hacer, porque con las sombreadas que se da de vez en cuando… pues no, ni que las mentadas hojitas en cruz fueran a soltar alguna briza milagrosa.

Sí… yo creo que sus afanes van a resultar inútiles, porque de esos arbolitos, lo único que sirven son las tripas… esas entrañas prietas que se ponen a remojar en alcohol y que según algunos alivian la “garraspera” (tos). Eso se dice de las bolas que da el cuastecomate; de ellas si se habla pero de las hojitas en cruz no, porque ni siquiera para catarritos sirven.

Así son las cosas por acá, así están… ¡pero ya qué se hace! y mi Pancho, pues qué les diré… el pobrecito anda en eso que le cuento, visitándome de repente, pero ni modo, allá él… sí, allá él y sus babosas apariciones.

Posibilidades de una “Cuarta transformación educativa

Manuel Moreno Castañeda

No encontramos en el primer año de un nuevo gobierno de México que promete una “Cuarta transformación” en referencia a tres transformaciones que se consideran han sido las más importantes en la historia de México: 1ª la que sucedió como consecuencia de la independencia de España, que se logró después de una guerra de 11 años; 2ª lo alcanzado después de los movimientos de reforma en el siglo XIX y 3º; lo logros como consecuencia de la revolución que se inició en 1910. Esa anunciada cuarta transformación es de esperarse en todas las situaciones sociales, entre ellas la educación.  

Cuarta transformación en la educación
Cuarta transformación en la educación

Recordemos que después de la Guerra de Independencia, aquí en Jalisco el gobierno de Prisciliano Sánchez clausuró la Real Universidad de Guadalajara en 1826 porque no la consideraba apropiada a los ideales liberales; en México el jalisciense Valentín Gomez Farías en 1833 cerró la Real y Pontificia Universidad de México, “por inútil, perniciosa e irreformable”; se fundaron las escuelas lancasterianas de influencia inglesa cono las que se pretendía poner al día la educación formal con la revolución industrial que se movía por el mundo y se crean escuelas normales para profesionalizar a quienes ejercían la docencia. Para esa época, esas y otras acciones constituyeron una verdadera revolución del sistema educativo.   

Como hechos del movimiento de reforma se realizaron también importantes acciones como:  la Constitución de 1857 que decreta la libertad en educación, como parte ya de las reformas liberales; la fundación de la Escuela Nacional Preparatoria; legislación para una educación obligatoria, gratuita y laica; los congresos pedagógicos para la estructuración del sistema educativo nacional; la creación de nuevas escuelas normales en las que intervino de manera especial Enrique Rébsamen;  la fundación de la Universidad Nacional de México que después sería autónoma y en general lo que en ese tiempo se consideraba una modernización de la educación con la incorporación de las nuevas ideas que sobre todo llegaban de Europa, con lo que se pretendía dar a las escuelas una base científica. Ser científico y moderno era la obsesión de la época, como ahora hablar de nuevas tecnologías digitales.  

   Entre los cambios educativos que se dieron como consecuencia de la Revolución de 1910, estuvieron: el artículo 3º constitucional; la creación de la Secretaría de Educación Pública; las escuelas rurales federales; las escuelas normales rurales; la fundación de nuevas universidades como la de Guadalajara; el establecimiento de la educación socialista con Lázaro Cárdenas y otras muchas acciones que causaron tantos temores y resistencias en los grupos conservadores, en especial en el Bajío y Occidente de México. Algo que hay resaltar es la expansión y cobertura del sistema educativo desde la alfabetización hasta la educación superior. Pensando en las transformaciones históricas mencionadas me surgen preguntas como: 

¿Hasta dónde lo que se realice en la anunciada como cuarta transformación tendrá la trascendencia de las tres que se toman como referentes? Para ello habrá que observar la profundidad de sus cambios; la altura de sus miras; los alcances de sus acciones y su puesta al día con respecto a las necesidades y perspectivas sociales.     

Esa anunciada cuarta transformación es de esperarse en la educación
desde los primeros años

¿Qué conciencia tienen acerca de la historia de la educación en México, en especial sobre los referentes de las tres transformaciones que se indican las personas responsables de las tomas de decisiones, las políticas, su gestión y operación? De manera que sean conscientes de la trascendencia histórica de su actuar en favor de los cambios a que están comprometidos.       

¿Irá a tomar algo esta cuarta transformación de lo que se ha dado por llamar la Cuarta Revolución Industrial de la Era Digital? Esto significaría reformas de fondo en las estructuras y funcionamiento de los sistemas e instituciones educativas, que todavía conservan en su organización y modos de operar con esquemas del siglo XIX y aún de antes. En algunos casos con modos educativos masivos, homogeneizantes y seriados propios de la producción industrial y anteriores.      

       ¿No caerán, como cayeron los funcionarios de gobiernos anteriores en el error de llamarle nuevo modelo a viejas ideas, sólo porque significan algo novedoso para quienes deciden las políticas educativas?  Yo tengo al menos 50 años escuchando discursos sobre reformas educativas y todas hablan de lo bueno de lo nuevo y lo malo de lo viejo sin caer en cuenta que: a) así como hay tradiciones conservadoras hay tradiciones renovadoras; b) que así como hay modas pedagógicas pasajeras hay principios pedagógicos válidos para todos los tiempos y c) que independientemente de políticas y acciones gubernamentales continúan prácticas educativas cotidianas cuyas inercias históricas no pueden revertirse o reorientarse sólo a partir de nuevas normas administrativas o cursos de actualización, pues requieren de profundos cambios en la conciencia y cultura escolar cotidiana.     

Implicaciones 

Los apoyos en la educación nunca están de más

Si se piensa replantear una transformación, al menos parecida a las que se ponen como referentes, habría que considerar no perder de vista que la educación es mucho más que las escuelas, recordemos que lo que fue “La tercera transformación” con la Revolución iniciada en 1910, impulsó un proyecto educativo que involucraba a toda la sociedad. Para ello la dependencia que se responsabiliza de la educación debe superar sus actuales funciones de sólo control escolar.     

En ésta anunciada 4ª transformación debe quedar claro si sólo se pretende rehacer lo que se había hecho en las tres transformaciones anteriores y deshecho en los últimos treinta años, o construir un nuevo sistema, pues el actual ya no ya no da más, si no pudo con la problemática del pasado y no ha podido con el presente, menos podrá con el futuro.  Habrá que replantearse si el actual sistema educativo es válido y aguanta más intentos de reforma, o mejor hacer un replanteamiento de fondo con un nuevo sistema y sus organizaciones.

La Gran Simulación

Gilberto Uribe Gaytan

El PRI después del estrepitoso fracaso electoral de hace un año, el otrora partidazo hace un proceso amañado para elegir a su nuevo dirigente nacional, en el que en ausencia de autoridad política y física del expresidente ENRIQUE PEÑA NIETO, los gobernadores de este partido político toman en los hechos el bastón de mando y se erigen en los fieles de la balanza y dan de antemano todo el apoyo material y logístico, para que ALEJANDRO MORENO CÁRDENAS, Gobernador con licencia del Estado de Campeche se erija como nuevo tlatoani de la militancia, ahora escasa y poco participativa.

Empezó el cochinero, con la burda maniobra, pero efectiva de hacer dimitir en sus aspiraciones al Dr. JOSÉ NARRO ROBLES, único precandidato con prestigio personal, académico y como eficiente y honrado funcionario público, fue víctima de fuego amigo, de amagos de investigación por probables actos de opacidad durante su gestión como Secretario de Salud con EPN, pues AMNLO

lo etiqueto como un traidor desde el momento en que acepto invitación a formar parte del pasado gabinete, dadas estas circunstancias, renunció a su candidatura y a su militancia lo que privó a sus miembros de una autentica elección.

IVONNE ORTEGA PACHECO  descendiente directa del cacique político Yucateco VICTOR MANUEL RIVERA PACHECO, hijos de la revolución pues, en los hechos, con su participación solo contribuyo a legitimar, que no democratizar el proceso de elección.

No hubo ni  emoción de la militancia ni mucho menos atención de los medios de comunicación nacionales, el evento fue escasamente mencionado en las benditas redes sociales, hubo menos asistencia que a un partido del Necaxa cuando jugaba en Estadio Azteca, en donde asistían apenas decenas de aficionados, en este caso de la supuesta militancia de 7 500 000 so participaron menos del 30% es decir poco más de 2 000 000 de votantes.

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No es para menos el NUEVO PRI, que son toda esta cofradía de gobernadores y algunos ex. Como son los casos del de Nayarit, Jalisco, Veracruz, Coahuila, N.L. y Quintana Roo lo hundieron en el  desprestigio más profundo por sus actos de soberbia y de corrupción.

De estos actos habría que ver si  está libre de toda culpa el futuro Presidente del Revolucionario Institucional, lo cual no es un asunto menor, pues de esto depende que pueda ejercer una oposición firme en este gobierno de la cuarta transformación o será un blanco fácil ante cualquier cuestionamiento de las huestes de AMNLO.

Respecto a la pasada administración, en donde quiera que señale el Presidente sale el olor nauseabundo de la corrupción, por ello el partido no tiene autoridad moral, militancia ni sustento social, para ser un auténtico contrapeso del gobierno federal.

No digo que el PRI este muerto o que en su caso no pueda reconstruirse, porque en la política mexicana y en la biblia los muertos resucitan, pero si sé que esto en caso de darse no será en el corto plazo.